Sofía Reyes /Fotos: YouTube

El sommelier no surge como brizna salvaje: el camino entre el proceso de reconocer en el vino cada una de las notas, cada característico y único sabor, cada irrepetible aroma, cada tipo de uva y cada madera de la barrica en el que se fermentó es arduo y en cada uno de los enamorados del vino es particular la experiencia.

El oficio es una especie de fracaso y de repeticiones, eterno y frustrante. El momento en que el milagro sucede en los sentidos ha sido bien llevado en el cine, como el amante secreto que acompaña un día pesado, un día para celebrar, un día para olvidar o para jamás recordar. A veces la comida, el acompañante perfecto, es un sólo pretexto, pues ya la imagen de lo ambarino en la copa, el rojo sangre o el rosado delicado es suficiente para llevar la copa a los labios.

Pero ¿qué pasa cuando un mafioso llega a tu restaurante, se apropia de él, te obliga a cocinar tus mejores platillos, exige los mejores vinos de tu impresionante cava, se bebe los mejores en tragos burdos y, para terminar la desgracia y el abuso, sus secuaces los maridan con papas fritas? Ésa es la realidad que plantea El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (Peter Greenaway: 1989), el miedo de un cocinero de perder lo único que ama: ese perfecto maridaje entre los sabores más complejos y exquisitos, acompañados con la copa de vino que acentuará y hará explotar al paladar.

En una esclavitud culinaria, el menú para el mafioso se presenta cada día en francés finamente ilustrado: cada entrada, cada tipo de vino perfectamente seleccionado está bañado con el dolor que implica darle a una manada de rufianes la ambrosía de uvas. Y el villano, quien hace arrancar y luego tragarse a un niño los botones de su camisa en un momento de rabia, sirve sin cuidado, come sin cuidado, grita sin cuidado, mientras su trophy wife, atraviada con las mejores ropas hace gala de los modales más exquisitos y con el rabillo del ojo observa a un hombre que con cuidado bebe despacio, sin prisa, mientras sostiene un libro como compañía.

 

 

Greenaway plantea el miedo de un cocinero de perder lo único que ama: ese perfecto maridaje entre los sabores más complejos y exquisitos, acompañados con la copa de vino que acentuará y hará explotar al paladar.

Ése será su amante, aquel que con libro como compañía y copa de mano, en pleno disfrute de lo que ese chef ha preparado para él, la llevará a los lugares más sórdidos para consumar su amor, mientras las botellas de vino y la cava se sacrifican en nombre del poder.

Aquí es donde se comprueba que ni los mejores vinos, ni los mejores platillos pueden hacer a un hombre respetable: el amor, la entrega y el respeto quizá sean los elementos que hacen que la bebida sea un mapa de cada país. Y como dice Charlie Arturaola en El camino del vino: su vida es afortunada por “haber recorrido el mundo en una botella de vino”.

Sofía Reyes es comunicóloga por la UNAM, ha colaborado en medios nacionales y sus obsesiones están en lo audiovisual, la literatura y la música.