Sofía Reyes / Fotos: Netflix

Cuando Netflix anunció el lanzamiento de una serie biográfica pero ficcionada sobre el cantante Luis Miguel, la sociedad principalmente mexicana se volcó a la espera y a la consecuente sintonización del producto, que se transmitiría cada domingo. A través de este relato, interpretado por Diego Boneta y Óscar Jaenada, en sus papeles principales, se saciaron la curiosidades de los fans de antaño y se despertaron en los ahora llamados antros las ganas de oír la larga lista de éxitos del cantante.

Las redes sociales se han convertido en las transmisoras simultáneas de lo que pasa en su portal de paga el domingo a las 21:00 horas y han desatado la creatividad de memes y demás imágenes, en un nicho de jóvenes que no creció con los temas del cantante. Millennials, Xelennials, Generación X y Baby Boomers latinoamericanos coinciden e incluso debaten sobre una serie que bien podría ser una telenovela.

¿Cómo pudo un intérprete que parecía olvidado y maltratado con la pérdida de la fama retornar con esa fuerza arrasadora? La respuesta quizá se encuentre más en la sociología que en la mercadotecnia.

Justamente, a pesar de que el streaming de música, como Spotify o Apple Music, haya mostrado playlists de LuisMi, como las más oídas y sus canciones como las más vendidas, es en el imaginario, en la vida cotidiana, en el debate del lunes de las oficinas, en la piñata callejera, donde figuras como el padre del cantante, Luisito Rey, y el mismo ídolo, han encontrado su lugar.

“Coño, Mickey”. “Lárgate de mi vida”, “¡Marcela!” son frases que las personas han comenzado a hacer suyas y que culturalmente será difícil que se olviden, como en los ochenta, Luis Miguel puberto gritaba en una película: “Mi pierna, papá, mi pierna”, al haber perdido una extremidad.

No estar presente pero estar de moda

A semejanza de otros intérpretes de su tipo, bien parecidos, con un rango de voz respetable y una maquinaria industrial para crear temas impecables, que se sumaban a una estudiada forma de pulir la personalidad, en los noventa la mitología sobre Luis Miguel se repartió en biografías no autorizadas, reportajes, revistas, conciertos,  piratería, compilaciones… que trataban de ponerle piezas a un rompecabezas que era imposible armar sólo con la especulación, pues se sabía que LuisMi ya no daba entrevistas y se rodeaba de un equipo de seguridad infranqueable.

No estar presente, pero “estar de moda” es una contrariedad mucho más compleja. ¿Cómo alguien que puede llenar decenas de Auditorios Nacionales conserva la anhelada vida privada de la figura pública? ¿Cómo alguien puede “estar de moda”, ser el emblema del aquel paradisiaco Acapulco, la delicia de las mujeres, ejemplo de bronceados espectaculares, de fiesta eterna, del nacimiento del mirreynato y ser un desconocido fuera del escenario para sus más fervientes seguidoras?

Luis Miguel ya ganó su paso a la historia nacional, porque ha sido el único al que se le cree que sus privilegios de blanco no condicionaron que ahora sea un ídolo de hierro, un Sinatra mexicano, un Elvis de ojos verdes y dientes blanquísimos e impecable traje negro.

Seguir brillando

Hace poco, sobre el cantante pendía una serie de deudas que lo llevaron a la corte estadounidense; ahora con su serie se refleja que no es la primera vez que enfrenta a la justicia. Ha librado la cárcel en más de una ocasión. Ya libró el desprecio de las masas tras cancelaciones de conciertos y por una supuesta enfermedad auditiva y hoy sigue generando fechas para finales de 2018 en el Auditorio Nacional. Libró su infancia tormentosa. Libró la muerte por drogas y alcoholismo de su juventud.

Al parecer es un titán que se levanta de las peores rachas, que enamora a su público que hoy sigue sufriendo por el paradero de su madre, Marcela, desaparecida bajo causas misteriosas, que domingo a domingo entiende más a ese otro solitario del palacio, desde una mirada rosa y azucarada. Ahí Luis Miguel ya ganó su paso a la historia nacional, porque ha sido el único al que se le cree que sus privilegios de blanco no condicionaron que ahora sea un ídolo de hierro, un Sinatra mexicano, un Elvis de ojos verdes y dientes blanquísimos e impecable traje negro.

Ahora, con la serie de Netflix se puede encontrar en dónde se unieron una naciente industria del marketing personal —acaparada actualmente con la figura de los influencer— y el ídolo que ha entrenado la voz desde sus pocos años y que fue víctima de la explotación infantil, y que sacó a sus padres de la pobreza, pues ¿quién de todos nosotros no ha sido de una u otra forma un Luis Miguel o, al menos, ha deseado serlo o tenerlo cerca?

El modelo de marketing canónico no se ajusta en este caso, pues los productos que se introducen a los mercados competitivos atraviesan un ciclo predecible en el tiempo, pero Luis Miguel todavía no llega a la última fase, la declinación. No sabemos cómo llegue ni si llegue y si esta serie sea acaso el inicio del final de El Sol, pero la vida después de los episodios nos hace pensar que habrá Mickey para rato.

Sofía Reyes es comunicóloga por la UNAM; ha colaborado en medios nacionales, sus obsesiones están en lo audiovisual, la literatura y la música.