Aarón Martínez

Cualquier persona con el mínimo de sensibilidad se estremece al leer uno de los íncipits más reconocidos de la literatura universal: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Sentencia contundente con la que Juan Rulfo sintetiza en quince palabras su novela célebre Pedro Páramo.

El trabajo literario de Rulfo no es producto de la inspiración casual, del destino azaroso o de la suerte de un iluminado; es el reflejo de la disciplina, del arduo trabajo y del respeto a la escritura. Afirmo que el autor de Pedro Páramo y el Llano en llamas es el menos apasionado de los escritores, porque la pasión ciega y embrutece, mientras que la estilística de Rulfo es lúcida y coherente. 

A diferencia de muchos otros escritores que complican la estructura diegética de sus obras a propósito y de manera presuntuosa para hacer notar sus destrezas literarias; Rulfo, por el contrario, hace ver fácil lo difícil. No es casualidad que la novela más importante y representativa de México no se extienda más allá de las doscientas páginas. No es coincidencia la exacerbada claridad y coherencia con la que mezcla las dualidades muertos-vivos, sueño-realidad y pasado-presente sin perder nunca al lector. ¿Por qué Rulfo no publicó más de una novela? Quizá porque no necesitó más para ser el mejor en su oficio.

 

 

La grandeza del escritor jalisciense consistió en demostrar que “apasionarse por lo que haces”, en la mayoría de los casos conduce a producir paja. A la inversa, su obra, escasa en cantidad pero vasta en calidad, nos muestra que el significado de “amar tu trabajo” es ser uno mismo el primero en reconocer que poco de lo que hagamos en la vida valdrá la pena; pero eso poco debe ser arte.

 

 

Si bien para literatura mexicana la obra de Rulfo es una carga dolorosa porque es y será insuperable, el placer de tenerla en los estantes de nuestra historia es y será infinitamente superior.

La pasión es placer convertido en dolor, mientras que el trabajo es dolor que se transfigura en placer. Si bien para literatura mexicana la obra de Rulfo es una carga dolorosa porque es y será insuperable, el placer de tenerla en los estantes de nuestra historia es y será infinitamente superior. La prosa rulfiana nos dice que los escritores apasionados no oyen ladrar a los perros, ni eso han podido hacer por nosotros.       

Aarón Martínez es comunicólogo y docente por la UNAM, profesor en Colegio de Ciencias y Humanidades.