Adela Salinas / Fotos: Jonathan Escamilla

En Cuna de Tierra reina el orden y la calma de la entraña materna. Refugio que abre un gran portón al silencio interior y permite que el espíritu de la vid se exprese a plenitud.

Este viñedo, con 30 hectáreas sembradas en tierras donde el cura Hidalgo cultivó su vino de consagración, respira en los varietales y escucha su propio latido en el corazón de la Madre Tierra, de ahí que su logotipo, diseñado por Daniel Castelao, del grupo Signi, sea un círculo perfecto, reflejo de unidad, centro, cobijo y arraigo, sobre el cual reposa una cuna que, en su continuo vaivén, ha sido testigo del renacimiento del vino en esta zona.

De los cinco socios, tres están presentes y multiplicados en todo momento y lugar como los aromas que surgen de cada ensamble de las siete etiquetas que han obtenido 32 premios internacionales, el más reciente: la medalla de plata en el Concours Mondial de Bruxelles por la etiqueta Nebbiolo.

Ricardo Vega supervisa. Corta las ramas que sobran, una que otra hoja seca, camina sobre el suelo arenoso que, como él dice, ayuda a que drene bien el agua para que la uva no se diluya; pasea entre el Cabernet Sauvignon, el Cabernet Franc, el Merlot, el Syrah y el Tempranillo, acaricia las hojas con la serenidad de quien ha desafiado tiempos y climas, recorre su bodega boutique, donde el vino se procesa en pequeños tanques porque importa más la calidad que la cantidad. Siente el clima fresco dentro de la premiada construcción del arquitecto Ignacio Urquiza, donde están las barricas: 50 por ciento roble francés, 25 por ciento, americano, y 25 por ciento, húngaro, y que no reciben más luz que la que entra por los pequeños tragaluces diseñados con una visión artística y totalmente funcional.

Afuera, saluda a la guía de turistas Ana Laura Carrillo, quien llevará a un grupo de 12 personas, no más, pues se trata de conservar una atención personalizada. Cuna de Tierra hace muchos eventos y ha sido visitado por la actriz Dolores Heredia, la conductora de televisión Rebeca de Alba, el futbolista Luis Cid, el gobernador de Guanajuato, Miguel Márquez Márquez, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens y la señorita Peña Nieto. Han ido sommeliers de la talla de Pedro Poncelis. Llegan bodegueros extranjeros que terminan por llevarse cajas de vino y se sientan a disfrutar de los platillos gourmet del chef Carlos Segura, quien desafía paladares con su toque de vino tinto en algunos platillos, como el famoso pan francés de los desayunos.

Convencido de que todo marcha bien, Ricardo regresa con su socio Ramón Vélez, quien lo espera con un vino para entregarse a las bondades de cada ensamble creado por el enólogo y también socio, Juan Manchón, tan comprometido con su oficio que ha logrado más de 30 mezclas diferentes gracias a la distribución de varias tablas para cada tipo de uva en pequeños terruños de 4 hectáreas.

Juan dice que las condiciones del suelo siempre cambian dentro de una misma parcela, así que hay que jugar con los terroirs para evitar agregados químicos y permitir que la uva se equilibre con la uva misma. Por eso él mismo muerde la semilla, la fruta y la cáscara, y se rinde al efecto organoléptico del cual dependerá el producto final. Está pendiente desde la siembra hasta que se tapan las botellas con el corcho Natural de Amorim, de gran calidad.

Así, Ricardo y Ramón observan el brillo y consistencia de cada vino, cierran los ojos y se vuelven narices puras. Inhalan el primer aroma que marca la pauta de este continuo ritual de discernimiento; menean las copas para que el vino muestre su complejidad y suelte las moléculas en una invisible espiral de aromas frutales, herbales y de madera. Sorben un poco y lo pasan cuando el paladar ha confirmado las notas que pueden ser de ciruelas negras, pasas, vainilla o humo.

 

 

Cuna de Tierra ganó una medalla de plata en el Concours Mondial de Bruxelles de mayo pasado, donde se reconoció la precisión técnica y expresión sensorial de las etiquetas premiadas.

Así ha nacido el Pago de Vega, famoso en el Bajío por su ensamble de Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot y Cabernet Franc y que, a la mirada poética de Paco Lara, carpintero y encargado de redes sociales, este vino, con 18 meses en barrica, sería como un señor elegante, mientras que el Cuna de Tierra (con sus hermanos Nebbiolo Cuna de Tierra y Syrah Cuna de Tierra) sería un hombre de mediana edad con 12 meses en barrica y una personalidad más abierta y ecléctica, pues permite la participación de la uva del Bajío con la que llega de Baja California. Así, el vino blanco Torre de Tierra, sería un joven dulce, monovarietal cien por ciento Semillón y el tinto, un joven “con aspiraciones” por reflejar las notas dulces del Tempranillo con las más especiadas del Cabernet Sauvignon. El Mistela, Lloro de tierra, sería un viejo dulce y nostálgico con una madurez de 5 años en cava profunda.

Con un gran conocimiento de la naturaleza, los socios han sabido compensar la latitud con altitud, pues el viñedo está en el paralelo 20, ligeramente fuera de la franja 30 y 50 del hemisferio norte y sur, donde se encuentra el 80 por ciento de la producción de vino en el mundo. Han aprovechado los 2 mil metros sobre el nivel del mar que permite la suficiente frescura para lograr un buen perfil.

La nariz y paladar de Ramón Vélez son fundamentales, pues su experiencia de 40 años en la industria (pasó por todas las áreas de producción del grupo Domecq) lo ha vuelto un visionario en este feroz mercado, como él lo llama, y en el que se tiene que buscar la manera de destacar con un producto diferente. Así, desde hace 10 años cuando se asoció con Ricardo Vega, cuida la calidad artesanal del vino de Cuna de Tierra para que se logre el equilibrio entre la intensidad media del alcohol y la acidez. Para él no hay como el detalle en la elaboración del vino porque sólo así continuará como una bebida de culto, tradición, historia y socialización.